El origen de las especies sacó a Dios de la naturaleza

Por correo le llegó a Charles Darwin la bomba que apuraría su paso a la inmortalidad. Después de 16 años de haber redactado el primer borrador de un libro que pensaba titular “Selección natural”, descubrió que otro hombre ya tenía listo un texto que recogía su propia teoría sobre la evolución de las especies.

La noticia la recibió a comienzos de junio de 1858 y provenía de la pequeñísima isla de Ternate, ubicada en el archipiélago de las Molucas (hoy Indonesia). Allá, a más de 12.000 kilómetros de Londres, Alfred Russel Wallace redactó un ensayo en el que sostenía que la evolución se explicaba por un proceso de selección natural. Y se lo envió a Darwin.

Un brillante autodidacta

Wallace era un naturalista autodidacta que vivía de recoger y vender especímenes de aves y animales exóticos a museos, laboratorios, coleccionistas e investigadores, incluido Darwin, quien lo había incorporado a una red de colaboradores que le proporcionaban datos y piezas para sus estudios. Por esa  relación que mantenían desde hacía tiempo, él sabía que aquel hombre se le había adelantado por sus  propios medios y de una forma honesta. 

Darwin ya era una celebridad, su fama trascendía el ámbito académico desde que en 1839 publicó el diario de su viaje en el Beagle, la gran expedición que recorrió el Pacífico en una travesía de cinco años. Esa experiencia fue clave para el desarrollo de su teoría, especialmente por la oportunidad que le dio de observar ciertas especies de reptiles y aves en las islas Galápagos (Ecuador). El libro fue un éxito editorial que le ganó reconocimiento y popularidad.

Aquel mismo año comenzó la publicación de Zoología del viaje del H.M.S Beagle. Esta obra, financiada con fondos públicos, requirió de cinco grandes volúmenes, el último de los cuales salió a la luz en 1843.

Una teoría y dos autores

Con la autoridad de la que gozaba, era difícil que se pusiera en duda que Darwin había tenido la misma idea sobre la selección natural antes que Wallace. Además, varios de sus colegas conocían el manuscrito en el que venía trabajando desde 1842. Así que decidió plantearles el problema en que se encontraba.

La solución propuesta por sus amigos Charles Lyell y John Hooker –reputados miembros de la principal asociación científica británica (Sociedad Linneana de Londres)– fue salomónica: publicar el ensayo de Wallace “junto con una breve exposición de los hallazgos de Darwin”, según cuenta Janet Browne en La historia de El origen de las especies. Así, “ambos compartirían el honor de haber sido los primeros en haber hecho el descubrimiento”.

Lyell y Hooker consideraban injusto que Darwin renunciara a “su derecho a ser el padre de la teoría”, señala Browne. Y aunque este aceptó, sentía que publicar un adelanto de su trabajo en aquellas circunstancias podía ser “deshonesto y mezquino”.  Sus colegas lo convencieron de lo contario, y cuando finalmente aceptó hacerlo, Wallace le expresó en una carta su satisfacción por la decisión que tomó la Sociedad Linneana. Con el tiempo, ambos investigadores llegaron a ser grandes amigos.

El anuncio del hallazgo compartido se hizo el 30 de junio de 1858. Wallace no lo supo sino tres meses después, cuando la carta en la que la Sociedad Linneana le informaba sobre el evento llegó a sus manos. Darwin no asistió porque uno de sus hijos murió dos días antes.

La carrera de un libro

La revelación de aquel aporte científico no tuvo mayor repercusión en la opinión pública, pero en Darwin tuvo un efecto electrizante. A pesar del abatimiento por la muerte de su hijo, de sus serios problemas de salud y de la inseguridad que le causaba no haber juntado todavía las pruebas suficientes para sostener su teoría, se encerró a redactar el libro durante 14 meses sin parar. Le amargaba verse forzado a ofrecer una versión abreviada del manuscrito en el que celosamente trabajó por tanto tiempo. De hecho, el título que le puso fue “Un resumen de un ensayo sobre el origen de las especies las variedades a través de la selección natural”.

El título definitivo, como suele ocurrir, lo propuso el editor, John Murray: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia. Así salió a la luz el 24 de noviembre de 1859.

Lucha de opinión pública

Primero en Inglaterra, luego en Francia y Alemania, y rápidamente en toda Europa y Estados Unidos, se desató otra lucha, entre humanos. Unos celebraban la teoría y otros la condenaban. Fue una auténtica guerra de opinión pública en la que no faltaron exageraciones, grotescas distorsiones e incluso manipulaciones y mentiras. 

Mucha gente se despertó con la noticia de que los seres vivos no eran criaturas de Dios, no tenían la misma apariencia de otras épocas y seguirían evolucionando para adaptarse a las exigencias del medio. Además, como en el globo no cabía toda la descendencia de todas las especies, una serie de variaciones entre unos especímenes y otros iba favoreciendo su adaptación al medio. Esos caracteres se iban transmitiendo a su descendencia, que le ganaba terreno a la prole de los menos favorecidos.

Las especies que poblaban la Tierra eran las que lograron sobrevivir a esa lucha. En la naturaleza, la vida se abría paso por sí sola. Dios no contaba para nada.

Darwin evitó hacer mención a la especie humana en su libro, pero eso no evitó que la gente –incluidos científicos y clérigos– dedujera de su teoría que los humanos eran descendientes de los simios. Se hizo el escándalo: “¿Cómo es eso de que mi abuelo era un mono?” En rigor, no había nada en la teoría evolucionista que sostuviera la idea de que “el hombre desciende del mono”, sostienen especialistas como la propia Janet Browne, pero el hecho de que se siga repitiendo indica lo hondo que caló la propaganda antidarwinista.

Naturaleza sin Dios

Darwin no fue el primero en proponer la idea de la evolución. Ya los primeros filósofos griegos intuyeron que en la naturaleza había una dinámica de permanente transformación. El primer científico al que se le reconoce la autoría de una teoría sólida de la evolución es el francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), padre de la biología. Su planteamiento era que los organismos de los animales se iban haciendo cada vez más complejos y esto causaba transformaciones a largo plazo.

Darwin, que buscaba otra explicación, expuso su visión con base en observaciones y ejemplos tan bien argumentados que resultó ser esclarecedora e inspiradora no sólo en el campo de las ciencias naturales sino en el de la filosofía y las ciencias sociales. Y aunque no se propuso que su teoría produjera una ruptura con Dios, él mismo terminó por declararse “agnóstico” en medio de la polémica en la que nunca participó. Al usar esa palabra –cuya creación se le atribuye al sabio Thomas Huxley, defensor del evolucionismo– quiso evitar que sus ideas se vieran desviadas a un terreno donde era muy fácil reducirlo todo a simplificaciones maniqueas o a invocaciones a dogmas de fe. Pero eso no evitó que la fuerza de su argumento disolviera la poca autoridad que le podía quedar al mito de la creación en el mundo de la ciencia.

Una obra corregida una y otra vez

En vida de Darwin, El origen de las especies tuvo seis ediciones, todas corregidas por él, pues nunca estuvo conforme con lo que consideraba un “resumen” de una obra mayor. La primera, de unos 1.250 ejemplares, se agotó el mismo día de su lanzamiento. Esta contenía un capítulo en el que el propio autor exponía las objeciones de las que su teoría era susceptible.

La segunda edición, de 3.000 copias, salió en enero de 1860. En la tercera (1861), incluyó un capítulo sobre otras teorías evolucionistas. En la quinta edición, por sugerencia de Alfred Russell Wallace, introdujo el término “supervivencia de los más aptos”. Cada vez que revisaba el texto, Darwin introducía cambios, a tal punto de que la sexta edición (1872), era considerablemente distinta a la primera.

Darwin no aprobó las versiones en francés y alemán que salieron a la venta casi al mismo tiempo que la segunda edición, y exigió que se cambiara a los traductores para las ediciones subsiguientes.

En la sexta edición –la última que pudo corregir– incorporó un capítulo en el que respondía a las críticas de las que había sido objeto.

 


Publicado en la revista Memorias de Venezuela No. 40 en septiembre de 2016. Versión corregida.
Carlos Ortiz

Editor y profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela en el área de edición. Coordinó el suplemento dominical La Artillería del periódico Correo del Orinoco. Actualmente es director de la revista Memorias de Venezuela.

Carlos Ortiz

Carlos Ortiz

Editor y profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela en el área de edición. Coordinó el suplemento dominical La Artillería del periódico Correo del Orinoco. Actualmente es director de la revista Memorias de Venezuela.