Una voz de alarma en Venezuela

En su convulsionado devenir contemporáneo —sobre todo a comienzos y mediados del extinto siglo XX— nuestro país se nutrió de las diásporas de los conflictos bélicos europeos. Era la llegada de personalidades que sembraron el pensamiento sistemático en un país que buscaba desesperadamente la savia hermosa de su historia y las claves de los laberínticos caminos de su cultura. Altamente conocido es el legado de emigrantes del tradicionalmente llamado Viejo Mundo en nuestras universidades y academias.

En este contexto, fue ganancia para la vida venezolana un filólogo y profesor universitario de valía como Ángel Rosenblat. En 1946 fue contratado como profesor de Castellano y Latín del Instituto Pedagógico de Caracas. Un año después fundaba la cátedra de Filología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela. También fue miembro honorario de la Academia Venezolana de la Lengua y Presidente Honorario del Congreso de las Américas. Mucho fue el aporte —de este polaco nacido el 9 de diciembre de 1902— a la compresión de la lengua española venezolana. En Buenos Aires, Berlín, Madrid y París se formó en los estudios lingüísticos con gran profesionalismo. Pero esta nota quiere hacer énfasis en sus reflexiones educativas y humanísticas que lo dieron a conocer, y siempre generaron los más encarnizados debates. No faltan actualmente quienes lo califiquen de conservador y hasta reaccionario.

Desde cualquier perspectiva Rosenblat es una figura polémica en el mundo de las letras nacionales por sus análisis de la crisis de valores en Venezuela. Mientras muchos hacían concesiones con el descollante movimiento juvenil —sobre todo en los años 60 de la Reforma Universitaria—, siempre criticó sinceramente estos brotes espontáneos, que en ocasiones se revestían de gran originalidad y revolucionarismo, pero que terminaban siendo expresiones marcadamente reaccionarias. Era del pensar que a los jóvenes había que proporcionarles herramientas para el progreso social, pero sin caer en el fetiche que todo lo joven es innovador, y en gran medida la escuela venezolana ha influido en esa apreciación. El 26 de abril de 1959 sostuvo:

“La educación venezolana corre el peligro de entrar en la fase de esa aterradora historia de Haz-lo-que quieras. Si Venezuela no transforma su portentosa riqueza minera en nuevas fuentes de producción, y se complace en invertirla en potes de sopa y automóviles de lujo, dentro de treinta años el país será un inmenso campo de chatarra. Nuestra juventud es una riqueza mucha más valiosa. Si la vamos a mimar, si permitimos que siga la línea cómoda del placer fácil y el menor esfuerzo, la condenamos a que se convirtiera, en el curso de treinta años, en débil y fofa, incapaz de sacrificio, ansiosa de vida placentera y fácil, una especie de chatarra humana. Me parece que la educación actual tiene una inmensa responsabilidad”.

Con un tono si se quiere idealista, Rosenblat consideraba que la escuela no tenía que ser necesariamente reflejo de la comunidad, sino modelo de una sociedad mejor. En este sentido interpelaba a los formadores de juventudes a asumir sus roles, sin titubeos ni llorantinas. El 13 de diciembre de 1962, nos decía: “Volvamos a Venezuela. La solución de nuestra crisis educativa, contra lo que se cree frívolamente, no está en repartir más dinero. En realidad nuestra sociedad derrochadora y ansiosa de riqueza fácil es la culpable del grave desbarajuste educativo. El maestro y el profesor aspiran continuamente, no a enseñar más y mejor, sino a ganar cada vez más. Y como consecuencia, el alumno no aspira a aprender cada vez más, sino a aprobar con el mínimo esfuerzo”.

Ángel Rosenblat nos ratificaba la teolología del educador: completar el crecimiento espiritual del individuo. Para ello era perentorio un cambio total de la escuela. Aún así, había que comenzar por lo más elemental: enseñar a leer y escribir al venezolano. Un ciudadano que sepa leer, escribir y hablar es lo que nos exige Ángel Rosenblat con pasmosa vigencia. Es imperativo reforzar el amor a la lectura como “fuerza generadora del pensamiento”. Sin ambages estuvo a favor de una educación de calidad sostenida en la autoridad y la disciplina, dos palabras mal vistas por los curricólogos actuales. También nos alertaba de una autonomía universitaria bien entendida, alejada de arrebatos proselitistas y visiones instrumentalistas que subordinan la urgente misión del campus académico a oscuros intereses de partidos y grupos. La educación cualquiera sea su signo debe tener un profundo signo humanista, donde lo tecnológico esté a la estatura de la evolución moral del individuo:

“El hombre no es sólo inteligencia y razón. Es también sentimiento y voluntad. En la actividad humana se combinan pensamiento, deseo, acción. La primacía corresponde al sentimiento, que es motor del pensamiento y de la acción. Aun la investigación científica, en cuanto afán de verdad, apetito de poder sobre el mundo, inclinación a aliviar el dolor o mejorar la vida, reposa en el sentimiento, en el deseo de conocer o de realizar. No basta con conocer la Naturaleza, debemos conocernos nosotros mismos”.

Murió el 11 de septiembre de 1984. Su voz resuena a través de los años.

 

Alexander Torres Iriarte

Historiador. Actualmente preside del Centro Nacional de Historia (CNH).

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