Las vacunas en un mundo complejo y contradictorio

En España se discute si las vacunas deben ser obligatorias o no. La Xunta de Galicia ha legislado ya en ese sentido declarándola obligatoria y se ha desatado la eterna discusión de si viola o no libertades individuales, de si no hacerlo constituye una amenaza pública que debe ser castigada o, por lo menos, que limite las posibilidades de realizar ciertas actividades. 

Dichosos ellos que pueden tener ese tipo de discusiones, que pueden acceder a las suficientes vacunas como para tener la certeza de que alguien va a poder plantearse la posibilidad de ponérsela o no. En Canadá, por ejemplo, ya se han asegurado una cantidad de ellas que supera en cinco veces el número de habitantes, seguramente porque, como cualquier vacuna (como las que se dan contra la gripe estacional), habrá que volver a ponérsela.

No es esa nuestra situación en la periferia del mundo. En Guatemala y Honduras sus ineptos y corruptos gobiernos lo que están recibiendo, hasta el momento, son limosnas de países a los que tenerlos de su lado, en un mundo en el que cada día están más aislados, les interesa. Me estoy refiriendo específicamente a Israel, que envió un lote para que los gobiernos de estos dos países hagan el paripé. Otros, como el gobierno de El Salvador, las utilizan políticamente, llevan agua para su molino electoral y llenan las alforjas de la demagogia con proyectiles que la población desprevenida, y ávida de algo auténtico en la política, consume como reality show que distrae y aliviana la carga de la dura vida cotidiana.

En nuestros países, las vacunas se insertan en una realidad caracterizada por la precariedad, la improvisación y el desamparo; en donde se ha naturalizado estar siempre a la cola, ser los últimos o a los que no les toca. Extraño sería que hubiera eficiencia, que se pensara en las mayorías y no se considerara la vacuna como parte de los privilegios de unos pocos.

India ha solicitado a la Organización Mundial del Comercio (OMC) que se liberen las patentes de las vacunas. Las grandes farmacéuticas, que se han beneficiado de enormes subvenciones públicas, ahora establecen condiciones draconianas a aquellos de nuestros países que, con un mínimo de responsabilidad, intentan acceder a ellas. Han llegado al colmo de exigir el respaldo de nuestros recursos naturales para asegurarse que honraremos nuestras deudas. 

Es un mundo de locos: por un lado, los que no tienen ningún reparo en lucrar con la salud mundial y engordan sus capitales ya de por sí obesos. Por otro, los que en este mundo de acervo individualismo les importa un comino lo que pueda pasarle a los demás que pueden contagiarse siendo ellos los vectores de la trasmisión. Y más allá, los que siguen negando que esté sucediendo lo que está sucediendo, que ven conspiraciones por todos lados y atiborran las redes sociales con noticias falsas para ganar a los incautos para su causa. 

A la incertidumbre sobre lo que nos deparará el futuro se suma esta confusión en la que no parece haber criterios para encontrar la verdad, todo es volátil, efímero, se evapora en el aire. Nos sumaremos a la complejidad del calidoscopio de voces y haremos una pregunta que añade otra preocupación más al desocupado lector: ¿son estos los tiempos apocalípticos, de confusión y angustia, que tanto anunciaron los viejos escritos religiosos que sustentan a la civilización occidental? Hay, también aquí, argumentos para sustentar esta inquietud: los anuncios de que estamos llegando al borde del deterioro de las condiciones que permiten la vida humana en la Tierra son cada vez más alarmantes. La misma pandemia a la que las vacunas pretenden poner freno serían una manifestación evidente de ello.

Si queda alguien dentro de cien años que quiera caracterizar a nuestra época, esta que nos toco vivir, seguramente escogerá la incertidumbre y la confusión como sus signos distintivos.

 

Rafael Cuevas Molina

Rafael Cuevas Molina

Escritor, pintor, investigador y profesor universitario de origen guatelmateco con residencia en Costa Rica. Participó en el consejo de redacción de la revista de análisis político cultural Ko’eyú Latinoamericano. Actualmente es presidente de la Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA-Costa Rica) y dirige la revista Con Nuestra América.

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