Realismo trágico

Sorpresivamente la literatura pasó a tener un espacio en el debate de la política sin que ningún académico de estas artes se lo propusiera. En específico, el término “realismo mágico” vino de la mano de quien celebró la masacre de El Mozote en El Salvador (1982) y actual enviado especial para Venezuela por el gobierno de Estados Unidos, Elliott Abrams.

Lo inesperado, lo fantástico, son elementos que componen a una narración que suele denominarse dentro de la corriente de “realismo mágico”. A mitad del siglo XX se coló otra tendencia bajo la premisa de que hay cosas que suceden y no tienen explicación desde la razón. Alejo Carpentier en El reino de este mundo nos cuenta que lo “real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del Continente”.

Narradores y especialistas en crítica literaria se dividieron en un debate en medio de posturas irrenunciables entre adherentes a uno u otro término. Con la llegada de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, se crisparon los ánimos de la discusión, en donde los lectores –que tan sólo buscaban disfrutar de una buena lectura– quedaban en medio de este fuego cruzado de estudiosos y críticos de lo “mágico” y lo “maravilloso”.

“Realismo mágico” tuvo mayor “pegada” publicitaria, si nos atenemos a la paradoja de que Alejo Carpentier, cuando vivió en Venezuela, trabajó en una publicidad, quedando “realismo maravilloso” para entender nuestra historia y hacer disertaciones literarias, esta última, en claustros universitarios.

La literatura y la política siempre han tenido que ver una con la otra aunque algunos puristas, escritores y escritoras de posturas de derechas, digan lo contrario. Lo estridente del imperio estadounidense y sus enviados es que a una derechista de la oposición venezolana –que pide una intervención militar en Venezuela como parte de un “plan B”– recuerde a un escritor de izquierda –el Gabo– y le dice que “vive en un realismo mágico”.

“¡Veinte somos los Amos del Valle!”. Así inicia Francisco Herrera Luque su obra capital. Los personajes de ayer hoy son ninguneados por el enviado especial del Emperador, que conoce de primera mano cómo se realizan las intervenciones militares y las masacres. El realismo que implora la derecha tiene un sentido trágico y no es nada literario.

 

Raúl Cazal

Raúl Cazal

Escritor y periodista. Autor de los libros de cuentos El bolero se baila pegadito (1988), Todo tiene su final (1992) y de poesía Algunas cuestiones sin importancia (1994). Es coautor con Freddy Fernández del ensayo A quién le importa la opinión de un ciego (2006). Gracias, medios de comunicación (2018) fue merecedor del Premio Nacional de Periodismo en 2019.

3 thoughts on “Realismo trágico

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    5 septiembre, 2020 at 2:03 pm
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    Magnifica reflexión y me recuerda la disputa del derechista neoliberal Va gas Llosa y Gabo, ambos nobeles que sirven hasta ahora al imperialismo de diferent s formas para seguir ciegos y oprimidos requeté colonizados

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    5 septiembre, 2020 at 9:01 pm
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    Brillante analogía literaria que nos invita a caerle a lupa al quehacer contemporáneo de la oposición criolla, servidumbre ciega del coso capitalista, pero desde aquí, desde su propio lugar de enunciación.

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    6 septiembre, 2020 at 12:21 am
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    ¡Que bien Raúl! Que manera tan magistral de ensalzar y de recordar esas dos expresiones que tantas expectativas generaron, sobre todo, en las décadas de los 60, 70 y 80, donde «el realismo mágico y lo real maravilloso» o visconversa, coparon gran parte de las buenas y amenas discusiones literarias de aquellos inolvidables tiempos.
    Sin embargo, hoy una de esas frase, tan envolvente, literariamente hablando, es usada por un vulgar y asesino de siete suela estadounidense para recordarle a su casi colega venezolana el mundo donde ella cree vivir.
    Esa situación me hace evocar un dicho, creo que cristiano, que dice: «Dios lo cría y el diablo los une y los utiliza», y como era de esperarse, dada la siempre funesta intervención que acostumbra el señor de los demonio, esta vez no los junto de manera mágica y maravillosa, sino diabolicamente, tal como le gusta a la corporatocracia gringa.

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