La toma de Bogotá por lo artesanos en abril de 1854

En la República de Colombia, denominada hasta 1863 con su nombre colonial de Nueva Granada, seguían en vigor después de la independencia el viejo monopolio fiscal, los gravámenes a cada transacción comercial y el estanco del tabaco. Las rentas estancadas y los derechos de aduanas constituían, después del fin del tributo indígena, las fuentes principales del exiguo presupuesto estatal, dedicado en su mayor parte al mantenimiento de un Ejército sobredimensionado y al pago de la deuda externa.

Ante el brusco descenso de las entradas fiscales, los continuos déficits en la balanza comercial y la creciente falta de circulante, el gobierno del General Tomás Cipriano de Mosquera, extendido de 1845 a 1849, buscó nuevos recursos financieros. Para impulsar el comercio exterior fomentó desde 1847 la libre navegación por el Magdalena, abolió el estanco y redujo las tarifas aduaneras.

Estas disposiciones favorecieron una mayor afluencia de manufacturas extranjeras en Nueva Granada, lo que causó estragos en las tradicionales producciones autóctonas, en particular en la meseta central andina y la ciudad de Bogotá, centro de un tercio de las artesanías nacionales. Ante la creciente competencia de los artículos importados, los trabajadores capitalinos, encabezados por el sastre Ambrosio López, el zapatero José María Vega y el herrero Miguel León, fundaron en noviembre de ese año la Sociedad Democrática de Bogotá.

En poco tiempo la asociación artesanal se convirtió en la más nutrida del país, influida por algunos preceptos del socialismo utópico francés. En esas condiciones, se inició en 1849 la revolución liberal neogranadina con el ascenso a la presidencia de José Hilario López, elegido por un atemorizado congreso que cedió ante las airadas presiones de los artesanos en la propia sede del legislativo. En el gobierno, los liberales decretaron la expulsión de los jesuitas, la libertad de prensa, la extinción de censos, la abolición del diezmo y de la esclavitud (1851). Además, prohibieron toda actividad a las órdenes religiosas, separaron la Iglesia del Estado e introdujeron otras reformas democráticas en la Constitución de 1853, proceso denominado en la historia de Colombia como la revolución del medio siglo.

Pero los liberales, representantes del sector agrario-comercial exportador, no cumplieron sus promesas de subir los aranceles de aduana y proteger las producciones autóctonas, por lo que los artesanos se sintieron traicionados. Convertidos en enemigos irreconciliables de los liberales extremistas o radicales, conocidos como gólgotas, partidarios del laissez faire y de disminuir al máximo al Estado y el Ejército, los artesanos, vestidos con la ruana tradicional, se enfrentaron en peleas callejeras con los cachacos, ricos jóvenes liberales que usaban casacas importadas de tartán escocés. Las contradicciones clasistas subieron de tono cuando los miembros de la Sociedad Democrática decidieron ocupar el poder en Bogotá. Para conseguirlo, se aliaron a los liberales moderados, llamados draconianos, y a un sector militar, afectado por la drástica disminución de los efectivos del Ejército dispuesta por los gólgotas asociados a los conservadores.

El 17 de abril de 1854, los artesanos se armaron y junto al cuerpo de húsares, encabezado por el General José María Melo, un antiguo oficial de Bolívar, depusieron al gobierno y derogaron la Constitución liberal, aunque el movimiento no tuvo éxito en el resto del país. En cambio, los conservadores y liberales se unieron y organizaron un poderoso cuerpo militar, puesto a las órdenes del ex Presidente Mosquera.

Aislada en el altiplano de Bogotá, la república artesana estaba condenada al fracaso. La capital fue sitiada en diciembre y, tras arduos combates, ocupada. Melo fue desterrado a México, donde se unió a los partidarios de Benito Juárez, hasta que fue capturado por los conservadores y fusilado en Chiapas en junio de 1860; mientras más de doscientos artesanos, hechos prisioneros con las armas en la mano, eran enviados a realizar trabajos forzados en las selvas de Chagres (Panamá), donde murieron víctimas de la fiebre amarilla y el paludismo.

Fuente: Informefracto

 

Sergio Guerra Vilaboy

Sergio Guerra Vilaboy

Historiador cubano, doctor en Historia por la Universidad de Leipzig (Alemania). Actualmente es director del Departamento de Historia de la Universidad de La Habana; académico de número de la Academia de la Historia de Cuba y presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe. En 2018 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas de la República de Cuba. Autor de una extensa obra, entre la que se destaca: El dilema de la independencia (Premio de la Academia de Ciencias de Cuba 1995); Nueva Historia Mínima de América Latina: Biografía de un continente (Premio de la Crítica de Ciencia y Técnica del Instituto Cubano del Libro 2014); y Jugar con fuego. Guerra social y utopía en la independencia de América Latina y el Caribe (Premio Extraordinario Casa de las Américas 2010).

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