La talanquera chilena

Pareciera que en el comité de recibimiento de los migrantes venezolanos que llegan a Chile, hay una exigencia única: renegar de Venezuela y de todo aquello que huela a chavismo. Las múltiples manifestaciones de odio que se leen a diario en las redes sociales de los venezolanos que por diferentes razones viajan a Chile, dejan atónito a cualquier lector que los conozca personalmente, o al menos sepa algo de su historia. Sobre todo porque trabajaban en instituciones chavistas, militaban en movimientos políticos afines o simplemente, en su estadía en Venezuela no demostraban actitud alguna que los permitiera catalogar como opositores a la Revolución Bolivariana.

A pesar de lo que se quiere implementar como matriz de opinión generalizada en los oligopolios mediáticos, el éxodo de venezolanos a destinos latinoamericanos no supone competencia para algunos países de la región, como Colombia, Perú, etc. La calidad del emigrante venezolano es bastante singular: casi siempre profesionales, con segundos grados académicos de nivel superior, los criollos buscan en la región austral mejores condiciones de vida, principalmente por los efectos devastadores de la guerra económica que sufre Venezuela, el alto costo de bienes de primera necesidad, servicios, vivienda, vehículos y sobre todo la inseguridad como consecuencia estructural de estos hechos. Todos aspectos que repercuten en una decisión que encuentra en el sur una comunidad creciente de compatriotas que tienen como lazo conductor, un odio viral hacia Nicolás Maduro y la Revolución Bolivariana.

Sin embargo, quizás algunos aspectos de este proceso han sido invisibilizados por los grandes medios. Durante la dictadura de Pinochet en los años 70, el gobierno chileno plantó más de 180.000 minas terrestres en su frontera con Perú, y aunque se han ido desactivando desde hace más de 5 años, más de 50.000 continúan en el lugar, con pocos avisos de precaución o peligro. Más de un inmigrante ha perdido un pie, o incluso la vida, al pasar la frontera desprevenido o desesperado al serle negada una visa de residencia.

En esto, como en varios aspectos de la vida del chileno común se mantiene viva la presencia de Pinochet.

Por ahora, los venezolanos se enfrentan a una discriminación de orden xenófobo, que se refleja pavorosamente en las encuestas realizadas por la Fundación Nuevas Contingencias Sociales. De este estudio se desprende que 41% de los migrantes encuestados declaró haber sufrido discriminación “sin motivo aparente”, con hincapié en comentarios acerca de que “vienen a quitar el trabajo”, y señalamientos de que son delincuentes o por el color de su piel. Por su parte, los chilenos encuestados develaron que el 47% piensa que la población inmigrante trae “enfermedades nuevas o algunas ya erradicadas”, mientras que el 35% opina que la población “viene a quitarles el empleo a los chilenos” y otro 35% señala que los inmigrantes “son sucios y no cuidan el medio ambiente”. Recordemos que la mayor población migrante de Chile la componen hermanos provenientes de naciones centroamericanas como Haití y República Dominicana. El tema de la negritud está pendiente en la sociedad chilena y parece expandirse al color cobrizo venezolano. Según las declaraciones de la cónsul de República Dominicana en Arica, Nina Consuegra, al diario británico The Guardian, la policía fronteriza de Chile ahora le está negando el paso a cualquiera “que sea negro o venezolano” si no lleva consigo su estadía prepagada y sus boletos de regreso.

No todo parece ser color de rosa para la migración venezolana. A pesar de que las primeras oleadas de migrantes se destacaban por ser profesionales o empresarios, dispuestos a invertir o ejercer funciones propias de su condición académica o “a montar negocios”, hoy la realidad es que la migración se ha vuelto un destino común para muchos jóvenes de clase media. Eso sí: la intolerancia al chavismo llega a límites extremos. Se persigue, discrimina, amenaza e incluso se agrede físicamente a cualquiera con signos de ideología Bolivariana. Para ello, las redes sociales se han vuelto el mecanismo ideal para difundir la información contra los “indeseables”. Llaman a maldecirlos, cerrarle las puertas y negarle cualquier tipo de apoyo.

Con todo, muchas de las opiniones de los chilenos afirman que están esperando a que caiga el gobierno de Maduro para que los venezolanos emigrantes vuelvan a nuestro país. Esta especie de guarimba ideológica que tanto gusta a la reacción nativa y sobre todo a la burguesía local se viraliza alegremente en el cono sur. Al menos, no se han registrado asesinatos ni quemas de seres humanos.

Mientras tanto, la Revolución Bolivariana sigue adelante, con unas elecciones recientes en las cuales destrozaron a su adversario y con unas municipales por venir. La figura de Nicolás Maduro separándose de su cargo parece lejana, cada día más lejana. Intuyo entonces que los saltos de talanquera y la militancia obligada será mucho más notoria. Lástima que todo queda en la red, y los que hoy denigran y maldicen quizás vuelvan a un país más feliz, más próspero y más digno. No quisiera imaginarlos usando franelas rojas, de nuevo. Sobre todo porque hay que borrar fotos, frases, videos y demás expresiones 2.0 y todos sabemos, queridos lectores y lectoras que eso es imposible.

Orlando Romero Harrington

Orlando Romero Harrington

Artista audiovisual, bloguero, asesor político en comunicación, profesor universitario y analista político. Ha trabajado como docente universitario, fue responsable de la comunicación en la ELAM Venezuela y Director de Imagen en Venezolana de Televisión (VTV). Pertenece a la Junta Directiva de AvilaTv, es presidente de la productora audiovisual Kapow y actualmente se desempeña como asesor de campañas electorales.

One thought on “La talanquera chilena

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    9 Diciembre, 2017 at 12:16 pm
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    Excelente reflexiones del camarada Orlando. Lamentablemente después de + de 40 años del ASESINATO del Presidente mártir Salvador Allende, también fué MASACRADA la dignidad de Chile. Allá siguen PINOCHETISTAS IMPUNES en el PODER y el pueblo parece NO tener ni memoria ni clama por justicia.

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