Pandemia, rebeldía e irresponsabilidad

Pertenezco a una generación para la que la noción de rebeldía tenía una clara connoctación: ser opositor al sistema dominante y llevar tal oposición hasta límites en los cuales se podía, incluso, perder la vida. La juventud rebelde se distinguía hasta por su porte, desafiante de las convenciones del buen vestir burgués y de sus normas morales. Decir “rebelde” remitía inmediatamente a jóvenes, generalmente en montañas remotas o la más cerrada clandestinidad urbana, que desafiaban el status quo en medio de grandes penurias.

Fue generación rebelde la de finales de los años sesenta, la francesa del 68, la que se expresó en Tlatelolco, la que se sublevó en Checoslovaquia, que tenía como denominador común desafiar el orden establecido con consignas como “la imaginación al poder” o “prohibido prohibir”. En América Latina, decir Ejército Rebelde inmediatamente remitía a la Sierra Maestra y a los barbudos entrando en La Habana.

Rebelde fue el movimiento hippie que nació en los Estados Unidos, el de la estética sicodélica, las cultura de las drogas y las aspiraciones de un mundo de paz y amor, mientras su gobierno devastaba Viet Nam tirando sobre su pequeño territorio más bombas que todas las que arrojó sobre Europa en la Segunda Guerra Mundial.

Era una rebeldía en el mundo de la posguerra, cuando los Estados Unidos se había erigido como la primera potencia mundial, el capitalismo iniciaba el paroxismo de la sociedad de consumo en la que aún vivimos sumidos, y se movía como Pedro por su casa en una América Latina tachonada de dictaduras.

El concepto de rebelde tenía una clara acepción: no aceptar el orden dominante odioso, y proponer uno alternativo que buscara igualdad y justicia. Podía ser el mundo de paz y amor de los hippies, o la sociedad socialista que el pueblo cubano se aprestaba a construir, pero se trataba de una sociedad distinta a la burguesa que parecía afianzarse en el “mundo occidental”.

En pleno siglo XXI, en el contexto de la pandemia provocada por el Covid-19, salen a la luz otros “rebeldes”, los que desafían las medidas que los gobiernos toman para la prevención del contagio. No usan los aditamentos recomendados, ignoran las advertencias de evitar las aglomeraciones, gritan a los cuatro vientos su indignación porque se les están conculcando sus derechos individuales. Son variopintos estos “rebeldes” contemporáneos: empresarios que anteponen la bolsa a la vida; militantes de la extrema derecha que consideran que las reglas coartan su derecho a morir como les dé la gana. 

Un abanderado de tales “rebeldes” es el escritor Mario Vargas Llosa. El solo mencionarlo nos informa cuán en las antípodas de los rebeldes de los años sesenta nos encontramos. La prensa nos informó el 12 de abril: “El presidente de la Fundación Internacional para la Libertad (FIL), el escritor hispanoperuano Mario Vargas Llosa, alertó este domingo contra quienes no creen en las libertades públicas y quieren aprovechar la pandemia de la COVID-19 para «incrementar» el papel del Estado”. 

Vargas Llosa no se quedó en eso y promovió un manifiesto que firmaron 150 impresentables como él. Para muestra un botón: el español José María Aznar, el argentino Mauricio Macri, el mexicano Ernesto Zedillo, el colombiano Álvaro Uribe, la venezolana María Corina Machado (quien con este tipo de acciones debe estar haciendo puntos para sustituir como jefa de la oposición venezolana a Juan Guaidó).

Una cohorte de lo más rancio del pensamiento conservador contemporáneo. Ahora, ya no se trata de rebeldes sino de irresponsables. 

Rafael Cuevas Molina

Rafael Cuevas Molina

Escritor, pintor, investigador y profesor universitario de origen guatelmateco con residencia en Costa Rica. Participó en el consejo de redacción de la revista de análisis político cultural Ko’eyú Latinoamericano. Actualmente es presidente de la Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA-Costa Rica) y dirige la revista Con Nuestra América.

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