El sentido de la pandemia

El ser humano se encuentra permanentemente en busca del sentido. La más importante de estas búsquedas es la del sentido de la vida, y bien sabemos que una gran mayoría lo encuentra en las religiones. A una vida plagada de humillaciones e injusticias le da sentido creer que en otro mundo habrá quien compense las ofensas, le dará consuelo y lo ubicará en el lugar que le corresponde. Todos creemos que nos corresponde un lugar más o menos equivalente al centro del universo.

Un hecho como la pandemia del Coronavirus, tan devastador, que perfila un futuro tan incierto, necesita también ser revestido de sentido. Entenderlo como una furia natural descontrolada crea desazón, inestabilidad emocional y desconcierto.

Tal vez por eso han aparecido tantas narrativas que intentan explicarse qué significa todo esto, cuál es su lógica, de dónde viene, hacia dónde va, cuáles serán sus consecuencias para nuestra vida.

Nuevamente, las interpretaciones religiosas pululan por doquier y tampoco son unánimes. En nuestra esquina del mundo, en donde domina el cristianismo en todas sus versiones, van desde las católicas que entienden la pandemia como un castigo ante el desorden social, el aborto, la violencia, la eutanasia y la homosexualidad, hasta las que se inclinan humildes ante la adversidad, como la que ejemplifica el Papa Francisco orando solitario en una húmeda Plaza de San Pedro; pasando por las iglesias neopentecostales, basadas en la Teología de la Prosperidad, que aprovechan la desazón y el miedo para ofrecerse como mediadoras de las súplicas de sus clientes-creyentes diezmo mediante.

Otras narrativas surgen como hongos por doquier. Está la que identifica el sentido de lo que sucede en una compleja y maquiavélica conspiración enmarcada en la pugna entre las dos grandes potencias del mundo contemporáneo, China y los Estados Unidos. Según ella, los Estados Unidos habrían sembrado de alguna forma los virus en Wuhan, ya sea con personal militar especialmente enviado para ello, o desde un laboratorio oscuro del que se tienen pocos datos, con el fin de evitar que China los sobrepasara en la puja por ser primera potencia económica mundial. En este caso, la pandemia adquiere sentido dentro de la lógica geopolítica contemporánea, posterior a la Guerra Fría, en la que América Latina, como región periférica, participa marginalmente signada por la impronta de ser patio trasero de los Estados Unidos.

Ha surgido también una disputa de sentidos en torno al después, a lo que vendrá. Se trata de ejercicios de futurología desde las ciencias sociales, en las que en el cuadrilátero pujan quienes se apresuran a posicionarse como los magos de la tribu, los más cotizados en el ranking de la clarividencia, cuyas predicciones se reproducen y consumen viralmente en las redes sociales por quienes quieren saber, ansiosos, a qué atenerse. Ahí están punteando el esloveno Slavov Zizek y el surcoreano Byul-Chung Han, quienes auguran, cada uno, el fin o la adaptación sin más del orden dominante actual. El cambio de todo, la apertura a la incertidumbre, el derrumbe de lo conocido o la adaptación sin más de lo ya existente para que, gatopardianamente, todo siga igual. 

En los pequeños hábitats de cada uno están los que, de pronto, se dan cuenta que el sentido de su vida se había desplazado hacia el corre corre cotidiano, y comen ansias porque dejaron inconcluso el informe de medio período, la respuesta a una correspondencia o la tarea asignada por el jefe. Y también está la mayoría, la que no se interroga por el sentido de la vida ni de la pandemia, pregunta filosófica que surge del ocio creativo, sino cuándo terminará todo para poder llevar algo de comer a su casa, lugar en el que nadie elucubra sino cómo hacer para no perecer en el pandemónium de la vida contemporánea.

Rafael Cuevas Molina

Rafael Cuevas Molina

Escritor, pintor, investigador y profesor universitario de origen guatelmateco con residencia en Costa Rica. Participó en el consejo de redacción de la revista de análisis político cultural Ko’eyú Latinoamericano. Actualmente es presidente de la Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA-Costa Rica) y dirige la revista Con Nuestra América.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *