Así construyen a un mártir

La compleja operación que produjo a Oscar Pérez, el terrorista recientemente abatido por las fuerzas de seguridad del estado venezolano, responde a un formato que no es nuevo. Leopoldo López se salvó de este final, cambiando sus deceso por las cuatro paredes de su hogar.

Para comprender el sentido novelesco de la operación basta recordar las acciones de Pérez. Robó un helicóptero oficial a plena luz del día y desde él lanzó un artefacto explosivo contra el recinto del Tribunal Supremo de Justicia poniendo en peligro la vida de los niños que recibían clases en el preescolar de esta institución. Además ametralló la terraza del Ministerio de Interior, Justicia y Paz, poniendo en peligro la vida de un gran grupo de personas que se encontraban reunidas celebrando el Día del Periodista. A todas luces, una acción condenable desde cualquier punto de vista e indefendible.

Sin embargo para la industria mediática que responde a los intereses de las transnacionales del petróleo y sus gobiernos títeres el manejo simbólico está claro. El objetivo de los que siempre han contado la historia, los dueños de los metarrelatos es sacralizar el arrojo y la intrepidez del hecho contra la autoridad establecida (léase «dictadura» del Presidente Maduro) cagándose olímpicamente en las probabilidades de muertes civiles y la lista de faltas y crímenes cometidos en el hecho. 

Así, el terrorista que usaba lentes de contacto grises, con porte de modelo y cabello rubio oxigenado no paraba de publicar fotografías y videos ensalzando la rebelión contra el gobierno democrático de Venezuela, siempre con su mejor ángulo, siempre con una composición impecable llena de atributos heroicos.

Su próximo golpe consistió en el ataque a un destacamento de la Guardia Nacional en San Pedro de los Altos, estado Miranda, el pasado 18 de diciembre de 2017 en donde robó un parque militar de metralletas AK47. Suena descabellado que un civil o un grupo de civiles cometa este tipo de operaciones sin el apoyo logístico y de información de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés). En esa hipótesis, cabe destacar el continuo proceso de infiltración y sabotaje, de reclutamiento y ejecución de operaciones por pare de la agencia estadounidense en Venezuela, descubierto recientemente en lo que pasó a la historia como el último intento de violencia civil en Latinoamérica (guarimbas) derrotado por la Revolución Bolivariana. 

Pero, iniciamos este episodio con la comparación entre Oscar Pérez y Leopoldo López. Y sí, los dos tienen en común los llamados a la insurgencia, la intención de derrocar al Estado democrático y la violencia desatada. Los dos poseen características físicas similares, los dos tenían el aparato estadounidense soportando sus acciones y los dos tenían el mismo destino. Para Leopoldo López la intervención de Diosdado Cabello al confinarlo en prisión le salvó la vida. Oscar López no corrió con la misma suerte.

Y es que la creación de mártires es una constante por desaparecer a la Revolución Bolivariana de las costas caribeñas. Los fracasados intentos políticos de grupos, candidatos, propuestas, campañas, planes y agresiones en la calle se han fundido en una argamasa desechable, que ni siquiera genera recuerdos. Han desaparecido paulatinamente candidatos y líderes, sofocados por la presión popular y la fuerza imbatible del chavismo. Incluso en los peores escenarios de guerra económica, el movimiento político revolucionario ha desbancado a sus rivales. Se entiende entonces los intentos desesperados por la fabricación de un nuevo sujeto político, caracterizado por la épica hollywoodense y la violencia justificada contra regímenes hostiles a las políticas del Pentágono.

¿Qué puede esperarse de estos hechos? La industria de control mental a través de contenidos de entretenimiento imperialista no tardará en masticar y hacer digerible la figura de Oscar Pérez para la massmedia. Los lentes de contacto sobre la tez mestiza y el pelo teñido lo acercan a los estereotipos cinematográficos que tanto machacan el inconsciente colectivo de las niñas latinoamericanas. La transmisión casi en vivo del enfrentamiento a través de Instagram (empresa que debe revisarse por permitir la publicación de acciones terroristas de carácter insurgente) colocó el tema en la palestra de la opinión pública.

El «heroísmo» en cada ataque terrorista obviará a las víctimas y minimizará las posibles consecuencias de los crímenes, creando un referente para la juventud en oposición a la Revolución Bolivariana. Los medios internacionales eliminarán de sus salas de redacción el término terrorista, sustituyéndolo por «policía rebelde», «héroe», «opositor», «mártir». Los políticos de derecha de todo el continente gritarán a través de las redes sociales escandalizados por la acción del Gobierno Bolivariano y nuestros apátridas locales acusarán a las Fuerzas Armadas de asesinos, fomentando el odio visceral de una clase que por siempre detestará a aquellos que la obligan a cumplir la ley. 

Pero, la realidad dista mucho de ser lo que nos dicen los medios y las redes. La figura de Nicolás Maduro ha enfrentado diligentemente un intento de insurrección armada. El terrorismo que pretende sembrar como un hecho normal y justificado la CIA ha sido decapitado. Ante los ojos del mundo, ya Venezuela no está jugando. Atrás quedaron las escenas dantescas de quema de personas, bombas incendiarias y libertinaje para los agresores del pueblo. El mensaje hoy es muy claro, y no se presta para interpretaciones erróneas. Y así vamos. 

Orlando Romero Harrington

Artista audiovisual, bloguero, asesor político en comunicación, profesor universitario y analista político. Ha trabajado como docente universitario, fue responsable de la comunicación en la ELAM Venezuela y Director de Imagen en Venezolana de Televisión (VTV). Pertenece a la Junta Directiva de AvilaTv, es presidente de la productora audiovisual Kapow y actualmente se desempeña como asesor de campañas electorales.

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