Del éxodo y otras coñoemadradas

Para muchos de nuestros compatriotas las mieles del extranjero no resultan, a lo cerca que pones el foco tan encantadoras. Mas bien tienen un sabor amargo. En Perú, por ejemplo ruedan las tristes historias de fábricas de esclavos venezolanos. Jornadas de más de 12 horas, salarios ínfimos. Condiciones higiénicas imposibles, malos tratos. Algo que se considera superado, retrógado en la sociedad criolla se vuelve, de repente una realidad que choca duro. A miles de kilómetros de casa, se estrella uno con las cárceles que son hoy en día las sociedades neoliberales latinoamericanas, híbrido deforme entre establos neocoloniales y bases de ataque imperiales.

Cuál es la reflexión del migrante, porque como todo en la vida hay varios tipos. El migrante de la clase media ya tuvo el tiempo necesario para echar raíces en la nueva tierra. Disfrutaron eso sí, el auge económico de una economía local enervada por los soplos de libertad de la Revolución Bolivariana y su consecuente lucha por la soberanía petrolera.  Nunca se enriqueció tanto la burguesía local, con la excepción de la sangría de la ¡nacionalización petrolera! que lideraron sus partidos. El brillo y los cojones de Hugo Chávez llegaron hasta la OEA, y el barril sintió un brinco de 8 a 100 dólares. Compraron y revendieron cupos electrónicos de dólares oficiales. Estafaron y corrompieron, además de ser corrompidos. Vendieron cualquier idea, cualquier producto, cualquier falacia para escapar de estos tiempos. De una lucha encarnizada sobre la volatilidad de un mar negro. Esos migrantes sobreviven con sus ahorros, en trabajos de tres al cuarto. Algunos se desempeñan en lo que se formaron. Otros muchos no.

Un éxodo espoleado por los medios, cómo no. Y también provocado por algunos mandatarios regionales, de eso se ha hablado ya bastante. Sólo quiero, con este artículo alertar, que existe una natural y bien fundamentada reticiencia por parte del pueblo ante los que vuelven. Digo el pueblo que se quedó, que aguanta estoicamente día a día un bloqueo criminal, un genocidio planificado y en cámara lenta de un imperio que se revuelve en las fiebres de la agonía. Un imperio que tiembla ante la idea de otra moneda, de su moneda en el abismo, de lo que puede significar el nacimiento de nuevas economías, de millones de competidores. Un gobierno que cabalga un estado dentro del estado |deep state| que ha decidido venir y asegurar las reservas de petróleo, quizás las últimas del mundo como lo conocemos. 

Esta reticencia no puede ser ignorada, menos disciplinada a trancazos o con soberbia. Estamos hablando de un sinónimo social, fruto de un imaginario con fórceps. Un migrante no es un fascista, incluso no es un enemigo. No es concha de ajo lo que vivimos a diario. No es fácil para nadie, con el estómago temblando y sudando incertidumbres. Y el o la que tomó la decisión de irse a probar suerte, bueno, es eso. Una decisión. Todos tenemos un pasado, un rastro de palabras y acciones que nos definen. Los que te conocen, migrante saben quién eres. Los que no no tienen derecho a señalarte. Nadie tiene derecho a señalar, ni siquiera nosotros que estamos convencidos de que tenemos con qué. Hacerlo, nos sitúa al otro lado del espejo y disparando desde la otra acera. 

Al pan pan y al vino vino. Dieciocho años de lucha nos han enseñado lo más oscuro de las almas seducidas por las ansias de poder, por el racismo, por el odio de clase. Ha muerto demasiado pueblo. Decapitado, baleado, torturado, quemado. Por décadas el chavismo ha puesto a sus líderes, a sus militantes sin exigir revancha. La justicia ha castigado a muchos, muchos disfrutan del aire azul de la libertad. Nuestro enemigo interno está sediento de sangre, con un perfil de asumida superioridad. Ni por el coño me pongan a un carajo de esos cerca. Mucho menos en algún cargo de responsabilidad política, gerencial, administrativa. Los instintos no se controlan sin disciplina, y soy lo más sincero posible: trabajo y hago lo que siento dicta mi conciencia, no tengo límite ni tiempo en esta causa. Pero para que un carajo que alguna vez me confrontó se gane mi respeto tiene que meterse en el fango. Probado. Con sangre y sudor. Hoy vivimos un estado que se quedó sin nadie, que se mantiene con el redoble de esfuerzos de los leales. Que resiste un embate brutal pero que tiene tanta garra que se reinventa, se traduce, se vuelve siempre nuevo código. 

Ya ven, quizás soy presa de lo que señalo. Sospecho que hay muchos como yo. Vivo en la dualidad del radicalismo y del que haría Chávez. Y Chávez, estimad@s lectores les daría su mano. Y si esta tormenta debe parecerse a nosotros, como cantan unos cubanos por ahí no podemos sino recibir, con la certeza de que vamos a seguir luchando para mejorar la calidad de vida y asegurarnos de que este tránsito no se repita. Les dijimos que volverían. Les dijimos que la claridad se acercaba, y aún lejos vamos a seguir nadando hasta encontrarla y hasta el último aliento. Dejemos que el tiempo se nos deslice como la brisa marina. La pelea no es devolver xenofobia con racismo endógeno, ni señalar y crucificar, ni alertar con las defensas en la empalizada. Debo convencerme a mí mismo que en los próximos años volveré a ver a unos cuantos amigos, y debo preparar una sonrisa que no sea atorrante, sino que exprese la felicidad del momento. Hablo desde un tiempo en donde se necesita decencia, honestidad, voluntad. Bastante han vivido ya, migrantes en una proporción mínima a lo que nosotros hemos sufrido en 18 años. La diferencia es que han salido de su burbuja, han respondido a una realidad. Su sacrificio no es en vano, porque esta es su tierra y nosotros herman@s. Nosotros seguimos tirados por anhelos, más fuertes, más sabios. Tratemos de construir juntos este castillo de corazones que es Venezuela 2018.

Orlando Romero Harrington

Artista audiovisual, bloguero, asesor político en comunicación, profesor universitario y analista político. Ha trabajado como docente universitario, fue responsable de la comunicación en la ELAM Venezuela y Director de Imagen en Venezolana de Televisión (VTV). Pertenece a la Junta Directiva de AvilaTv, es presidente de la productora audiovisual Kapow y actualmente se desempeña como asesor de campañas electorales.

Orlando Romero Harrington

Orlando Romero Harrington

Artista audiovisual, bloguero, asesor político en comunicación, profesor universitario y analista político. Ha trabajado como docente universitario, fue responsable de la comunicación en la ELAM Venezuela y Director de Imagen en Venezolana de Televisión (VTV). Pertenece a la Junta Directiva de AvilaTv, es presidente de la productora audiovisual Kapow y actualmente se desempeña como asesor de campañas electorales.